Paulo Coelho sobre el Camino de Santiago de Compostela | Galicia | España | Provincia de La Coruña


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Sí, hoy tenemos medios maravillosos de transporte. Los billetes de avión son más baratos que nunca y conducir por las nuevas autopistas de Europa puede resultar un placer. Pero de entre todas la ciudades a lo largo y ancho de todo el mundo Santiago de Compostela es la única en la que la forma más agradable de llegar es...a pie.

Al igual que cada musulman debe, al menos una vez en su vida, seguir los pasos del profeta Mahoma desde la Mecca hasta Medina, los cristianos de principios del milenio sabían que bendiciones e indulgencias llegaban a aquellos que realizaban al menos una de las tres peregrinaciones santas de la Fe. La primera conducía a la tumba de San Pedro en Roma, en la que los peregrinos – o Romeros, portaban el símbolo de la cruz. En la segunda, los creyentes llevaban hojas de palm a la tumba de Cristo en Jerusalem, tal y como nuestros antepasados hicieron hace 2000 años cuando Jesús llegó a la ciudad Santa. Y finalmente, estaba el Camino que llevaba a la tumba de Santiago de Compostela, cuyos restos mortales se dice que fueron enterrados en la península ibérica en la noche que un pastor visionó un campo bajo una brillante luz de estrellas.

Y no solo San Tiago sino también la Virgen María se cree que pasó por esta tierra justo después de la muerte de Cristo para llevar la fe y convertir las almas al cristianismo. El lugar se bautizó como Compostela – campo de estrella – y pronto nació allí una ciudad que se convirtió en un polo de atracción de creyentes de todos los países del mundo cristiano. Conocidos como peregrinos su simbolo identificativo es una concha, una vieira. En el siglo XVI, el Camino de Santiago de Compostela atrajo a más de un millon de peregrinos al año, desde todas partes de Europa, y que se dejaban guiar por la luz de la Via Láctea. Sobre sus talones llegaban creyentes humildes y exaltados, entre ellos, San Francisco de Asís, Isabel de Castilla y Carlos el Grande.


Cuando me puse en marcha a Santiago hace casi 30 años, la luz de las estrellas era la última cosa que tenía en mi mente. Pero una tarde, allí estaba yo, en un café en León, rodeado de viajeros charlando animadamente sobre historias acerca de su trayecto. La ciudad de Saint Jean Pied-de-Port estaba ya a muchos kilómetros a mis espaldas y yo ya estaba a más de medio camino de Santiago. En unos días, cumpliría 39, y si bien yo no tenía ni idea por aquél entonces, desde aquel mismo instante nada en mi vida volvería a ser igual. Pero allí, en el camino, el paisaje enfrente parecía monótono y plano. A mis espaldas no habia diferencia alguna, excepto por mis propias huellas perfiladas en el polvo, que el viento borraría al caer el sol. Todo parecía subrreal. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, me pregunté.

Esta pregunta me perseguiría durante los días y semanas que estaban por llegar. Que absurdo, realizar una peregrinación a pie justo a la entrada del siglo XXI!. De acuerdo, pero estaba persiguiendo mi sueño. Desde que era un niño me quería convertir en un escritor. ¿Pero estaba preparado para hacer lo que costase? Después de todo, es mucho más cómodo y mucho menos arriesgado tener un sueño; pero intentar vivir ese sueño podría traer frustación o derrota. Además, yo ya no era ningún niño.

A pesar de mis dudas, apreté el acelerador. Mi camino a Santiago se convertiría en mi primer libro, La Peregrinación, y abriría la puerta a otros muchos.

Puedes llevar a cabo mucha escritura y reescritura en tu cabeza a lo largo de 25 dias y 800 kilómetros. A lo largo del Camino, pasé por numerosas pensiones y peregrinos de todas las edades, cada uno portando su concha, la vieira. Conocí a parejas celebrando su bodas de oro y hablé con altos ejecutivos altamente stresados que habían decidido tomarse un mes para relajarse y repensar sus vidas. Por donde quiera que pasase, había estudiantes, gente joven que estaban sencillamente aprendiendo el regalo de encontrar y mezclarse con sus semejantes llegados de todo el mundo.

A un día de camino de Santiago, ascendi la el pequeño monte, el Monte do Gozo, que los peregrinos ascienden para llevarse esa primera y única visión de la ciudad santa y de su inmensa catedral al final de la Vía Lactea, aquellas antorchas que les habían estado invitando cada maravilloso dia del viaje. Hacia mediados de los años 80 no más de 400 personas al año completaban el Camino de Santiago tal y como yo lo hice. Alrededor del 2010, unas 450 personas llegaban a Santiago cada día.

La piedra de la catedral es la misma que hace cientos de años pero, al final del trayecto, es el peregrino el que ha cambiado definitivamente. A lo largo del camino, cada viajero descubre lo poco que necesita para ir por la vida. Después de tres dias andando todo el mundo se deshace de la mitad del peso que lleva en la mochila. Aligera la carga, conserva el cuerpo y extiende el alma. Esas son las lecciones de Santiago de Compostela, la ciudad al final del camino a la que mejor se llega a pie, tal y como se hecho durante los últimos siglos, paso a paso.

Paulo Coelho, escritor y mago. (Traducción del inglés y adaptación de Lois Clark)

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